A tono con las últimas (ir)reflexiones del mundo mediático, según el cual Milagro Sala sería la mísmisima Satanás encarnada y los piqueteros de Mataderos tendrían armas de destrucción masiva, llega a los cines El Solista; y yo me terminé de hinchar los huevos. Que la pobreza es un fenómeno que se les aparece tan natural como cagar a gran cantidad de imbéciles es algo que ya se sabe, se dice y se defiende. Pero cuando el discurso se vuelve tan denso y tan extendido uno no puede menos que agarrarse un huevo con la puerta del auto y clamar por aquellas que los dieron a luz, aún cometiendo el exabrupto de denominarlas mujeres de baja moral (cosa que probablemente sean, pero no, lamentablemente, en el ámbito venéreo). El Solista, fiel a su objetivo de feel good movie, viene a reivindicar esa visión pelotuda, que se dice progre porque muestra a un pobre y pone cara de "Oh, la humanidad!", mientras perpetúa un discurso que no por tibio y maricón es menos peligroso. Según se desprende de esta película, en la que un periodista (latino, pues claro, somos progres, ya se lo dije) descubre a un talentoso cellista entre el linyeraje común y corriente -¿me entendés, boló?-, las principales causas de la existencia de personas que duermen y viven en la calle son la locura de éstos y la falta de atención de la desatenta clase gubernamental. Y como no podría estar esta visión del mundo más acorde con el pensamiento de la vieja chota que ojea La Nación o el pelotudito de la UADE que dice "kretina" como si fuera un apodo inteligente: los pobres son de dos tipos: los anormales, loquitos que por alguna extraña razón (posiblemente por romanticismo, un exceso en la secreción de la glándula bohémica o la locura, así, clinicamente a secas) eligen (sí, extraña concepción de libre albedrío la de ciertos iluminados, muy similar a la de la lacra religiosa) vivir de ese modo, en una suerte de martirio moderno que denuncia nuestro cómodo consumismo y aburguesamiento y los convierte en ignotos jebuses; y los expulsados del sistema por la corrupción de una clase gubernamental inescrupulosa o -en muchísima menor medida- de otra, no menos inescrupulosa, conspiración a manos de las grandes corporaciones. Vaya a saber uno que les impide ver, en los mismos recursos que permiten el derroche o la acumulación de riqueza de ellos, las huellas de la pobreza de otros, condición sine qua non de las cifras astronómicas que maneja ese 2% de la población que, oh casualidad, es el mismo que escribe y protagoniza estas películas de mierda. O ver las huellas de la miseria en la nafta barata, los autos lujosos, las licuadoras de 5 pesos y básicamente todo el estilo de vida americano (o europeo, o de nuestra propia vieja sorete de Barrio Norte, ya que estamos). No, abordarán el tema desde estos personajes especiales, genios perdidos en un mar de pobres, que de otra manera no tendrían la más mínima importancia, para así seguir señalando la excepción como lo objetable, y no la regla, porque de tratar seriamente este tema, de siquiera importarles un poco, deberían dedicarse a otra cosa. Jamás podrán reconocer que no existe el uno sin la otra, al contrario, escribirán páginas, filmarán kilómetros de película, llenarán horas enteras de programación con la injusticia de la pobreza, sin siquiera intentar explicar su principal causa, la de un sistema que fabrica, por limitación inherente o, peor aún, necesidad, un ejército de muertos de hambre en los 5 continentes, y cuyo producto principal, su caballito de batalla, son ellos, los que filman estas películas y los que las van a ver emocionados, ese 20% del mundo que disfruta. Metansé, amigos, esos Oscars, que bien merecidamente obtendrán con esta basura, en las profundidades de su recto.
A ver si nos entendemos: hay que nutrir al tineiyer que todos llevamos adentro. Si uno no lo hace, ese sector de nuestra anatomía (cuya localización posiblemente se encuentre en los alrededores de la vesícula) pronto muere y uno se convierte en instantes en Joaquín Morales Solá, penosa afección de la cual no hay regreso posible. Afortunadamente, las mentes más brillantes del marketing anglosajón, y sus socios hispanoparlantes, nos ofrecen una amplia gama de modas a las que adecuarse, y así formar parte del mundo y, qué tanto, ser obscenamente feliz. Tenemos la zapatillita x, la remerita y, la bandita z (auspiciada, convenientemente, por las zapatillitas x y las remeritas y -con sus ocurrentes frases y audaces dibujos), y ahora, para alegría de todos, podemos disfrutar del fenómeno literario-cinematográfico de estos últimos 12 meses*: Crepúsculo. Ahora, ciertamente, esto no sería un verdadero fenómeno si no cumpliera con los siguientes requisitos: - Aparición de multitud de clones de distinto olor pero de igual consistencia (léase True Blood, The Vampire Diaries, A Dos Voces y la programación entera del canal Metro). - Un público mayormente adolescente, es decir, desde los 2 años ad infinitum. - La serialización (disculpe el mal uso, usted, mi rotundo amigo programador): un libro/película no es suficiente, es necesario continuar la historia como mínimo por otros tres libros, para aprovechar el síndrome de Pokemón, es decir, esa tendencia a acumular series de cosas absolutamente inútiles (a menos que uno sea japonés, en cuyo caso lo entendemos y le mandamos un abrazo grande grande). -La proliferación de blogs, fotologs, tweets, páginas de feisbuc y demás lugares de adoración. -Tener, al menos, un especial hecho por la nefasta Catalina Dlugi. Pero vamos a la película de una maldita vez: Bella Swan (oh sí, sí, una referencia inequívoca a la famosa historia del patito deforme, oh gloriosa intertextualidad) es una pendeja que se muda al culo del mundo, sito en los iunaited esteits, donde su padre trabaja como paladín de la justicia, en el rol de botón del pueblo, american rati, white anglosaxon cobani. Va a la escuela, institución que consiste, aparentemente, en soportar los continuos embates de libidinosos adolescentes, hasta que un día Edward entra al comedor en cámara lenta, y las hormonas de nuestra joven protagonista entran en combustión instantánea, fenómeno curioso que suele llevar a la justicia por mano propia y a la culpa bíblica. Comparten una clase de química, nótese la ironía, en la que Edward se comporta de manera supra pelotudae, haciendo gestos de repulsión y huyendo del aula como una niña ofendida. Sin embargo, Bella, imaginesé como estará, empieza a soñar con él y la justicia por mano ajena, mientras se retuerce en la cama como un pelo quemado. Oh sí. Un día, al salir del establecimiento educativo, un compañero de clase se hace el banana con el auto y, emulando al gran Ayrton, realiza una maniobra temeraria, y casi que reduce a Bella a la bidimensionalidad. Y digo casi porque en el preciso instante en que la tapa de la nafta está a punto de grabarse indeleblemente en la frente de nuestra heroína, aparece el ya mencionado Edward y frena el vehículo de una trompada. Oh mujeres del mundo, que más quisieran ustedes que un tipo capaz de detener un vehículo descontrolado con el metacarpo, sin siquiera despeinarse o exigir a cambio una retribución licenciosa. Bella, por supuesto, le quiere comer la boca ahí mismo, pero Edward, una vez más, se las toma al instante, y suponemos que va llorando a moco tendido por los pingüinos empetrolados, la tala de bosques y la experimentación con animales. Y todo mientras observa un atardecer. En cuero. Al otro día Bella lo encara en un pasillo, pero Edward pone distancia, así que ella sigue soñando con una humedad relativa del 70%., fantaseando que Edward entra en su cuarto y.... y.... LA MIRA. Oh, Afrodita posmo, saca tus sucias garras del cuello de esa niña. Tarde de shopping, Bella, excéntrica como es, decide ir a una librería mientras sus compañeras se quedan comprando vestidos para el evento más importante de la vida de todo adolescente cinematográfico, el famoso baile de graduación. Ya volviendo, en un estacionamiento oscuro, un grupo de muchachones al palo le dice cosas terribles ("oh nena, ven aquí" y obscenidades por el estilo) e intenta tantearle el totó, pero una vez más aparece Edward, esta vez al mando de un auto zarpado, caro y plateadito, y la rescata sin siquiera levantar la voz. Como no podía ser de otra manera, terminan cenando juntos en un restaurant, aunque Edward, como es lógico, no pide nada para él. La historia continúa sasic: Bella quiere manosearlo, Edward la invita a cenar en su casa, donde su familia, also nosferatus, le preparan una cena común y corriente. Bella quiere saludar al enano, Edward la lleva a cococho por el bosque mientras corre como un desquiciado. Bella quiere conocer a Marcelo, Edward le muestra como se ve cuando le pega el sol (cubierto de toscas brillantes). Y cosas así, locas, ocurrentes, originales, que hacen que una se mee encima de puro amor. Bella (y nosotros, el cautivadísimo público), nos vamos enterando que Edward es, efectivamente un vampiro, pero que junto con su "familia" decidieron no alimentarse de humanos y tratan de llevar una vida digna zampándose una vizcacha por aquí, un tatú por allá. Ahora entendemos, amigos: Edward no puede intimar con Bella porque podría, bueno, matarla y comérsela. Gran moraleja para ti, jovenzuela que lees estas palabras: el chico correcto, el amor de tu vida, no sólo no intentará tocarte una nalga, si no que impedirá como sea que vos se la toques a él ¿Entendido? Bien, ahora, todos a divertirnos a misa con las historias de Cristo y la prostituta redimida!
Ahora, volvamos, parece que varios habitantes del pueblo van apareciendo muertos con marcas en el cuello, dado que un trío de vampiros socialmente inadaptados persiste en su ilógica tendencia a manyarse homo sapiens. Llega entonces el día en que la familia de Edward celebra su americanidad con un partido de béisbol, sí de béisbol, en un claro del bosque. Sí, vampiros jugando al béisbol. Vampiros. Béisbol. Ok. Pero eso no es todo. En pleno partido (plagado de emociones propias del béisbol -jugado por vampiros. Sí. Vampiros. Béisbol-) caen los tres vampiros disidentes a... sumarse al picadito. Uno no puede menos que asombrarse del éxito del béisbol en la comunidad vampírica, y sospecho que tiene que ver con golpear pelotas y salir corriendo, actividad de un ludismo irresistible para cualquiera. Eventualmente, uno de los visitantes se da cuenta de que Bella es humana, y, como no podía ser de otra manera, pretende comérsela ahí mismo. Edward salta al toque, se opone, como es lógico, y protege la virtud de su amada, iniciándose una persecución que implica llevarse a Bella a otro pueblo mientras los vampiros malos los persiguen. En el camino Bella debe renegar de su padre, para protegerlo, y le dice de todo pues, vean, queridas niñas, el amor exige ese tipo de sacrificios. Sobre todo si un trío de vampiros prentende morfarte. La cosa se resuelve finalmente en un estudio de danzas**, donde fajan al perseguidor y Edward debe decidir si convertir a Bella en vampira o no, decidiendo no hacerlo y aguantarse, para desgracia de sus testículos, que posiblemente le duelan hasta el siglo XXIII. Escena final, Bella y Edward bailan en el famoso baile de graduación, y se dan un beso, finalmente. Vamos carajo.
En definitiva, una historia de amor, abstención, vampirismo, juventud, abstención, béisbol, abstención, abstención, despertar sexual y más abstención para toda la familia.
Tráiler
*A la fecha de redacción de este post. El autor no se hace responsable del cambio de modas en los 20 y pico de minutos que le lleva escribirlo.
El Cine No Es Una Empanada estrena un nuevo peinado, y para celebrar inaugura la sección Premium (sonido de trompetas, ejecutadas por 4 docenas de enanos vestidos enteramente de fucsia). Verá usted, el deleznable sujeto detrás de este blog se la pasa escribiendo imbecilidades sobre películas pedorras, ha llegado el momento de propagar por estos lares virtuales las más mejores, las preferidas de este siniestro aspirante a cineasta. No le garantizo nada, porque no soy el tipo más constante del mundo, pero cada tanto acá tendrá algo para ver, cuando ya esté podrido de los Vindiesels y Mathwmcconaugheys que pululan por las pantallas.
Hoy, Kin Dza Dza, cine ruso de ciencia ficción, tal vez un poco lento (veala bien dormido, pero no tenga miedo que se deja ver), muy pero muy groso. En síntesis, mi querido Santo, se trata de dos sujetos que sin querer van a parar a un planeta en el culo del universo, donde no hay agua , se habla con solo dos palabras, y los artistas tocan dentro de jaulas a cambio de pedazos de vidrio o, ya toda una fortuna, un fósforo. Dirigida por Georgi Daneliya, realizada en 1986, y con unos efectitos especiales que le rompen el culo a ILM, le digo. Pruebe con confianza y después me cuenta.
¿Qué es lo que diferencia a un robot de un ser humano? Bueno, uno podría arriesgar una respuesta al tuntún. En lo que a mí respecta, podría decir que la diferencia es que uno está creado para la realización de tareas a bajo costo y sin límite horario, fácil de arreglar o reponer, con gran utilidad en, por ejemplo, la industria del entretenimiento, la farmacéutica, la automotriz; capaz de generar grandes ganancias, de funcionamiento automático y poco mantenimiento. El otro es una máquina. En el caso de McG, al parecer tuvo la necesidad de gastar millones de dólares en la realización de una película para responder tal interrogante. No deja de ser una respuesta al tuntún, pero con efectos especiales cuyo costo podría resolverme 4 o 5 vidas y una campaña publicitaria que podría venderle una heladera a un esquimal (con un costo aún mayor). Tanto derroche monetario, debo admitir, me da de lleno en los testículos, y cuando a ese derroche se le suma un guión inexistente y una puesta en escena diseñada, sospecho, por un discípulo de Enrique Carreras, no me queda otra que tomarme las partes y gritar "Rodolfo Ledo conducción" desde las alturas de una banqueta en algún oscuro cineclub. Terminator Salvation, nombre de este maravilloso ensayo sobre el hombre y el robot, la vida y la muerte, la mecánica automotriz y la incidencia de la gravedad en un helicóptero con serios problemas de identidad, arranca con un condenado a muerte visitado por la mujer de Tim Burton, quien lo convence de donar su cuerpo para la investigación científica. El tipo accede, le come la boca, y es ejecutado por inyección letal ante un pintoresco grupo de funcionarios. Corte y a otra cosa, vamos al futuro, donde nos encontramos con John Connor -Christian Bale- que conduce a un grupo de uniformados a las entrañas de una base de Skynet (ente que controla y produce las máquinas, siendo él mismo una máquina), donde encuentran los planos de un nuevo modelo (en otras palabras, Schwarzenegger) y a varias decenas de prisioneros. Johnny quiere rescatarlos y su superior lo saca cagando, mandándolo a la superficie a ver como está todo. Nuestro héroe sale al exterior, resopla un poco, y en ese preciso instante todo explota, con la repentina aparición de un par de robots de espíritu combativo. Tole tole infernal. Connorín trata de escapar en helicóptero, pero lo bajan de un hondazo y tiene que enfrentarse mano a mano con un sujeto de metal un poco oxidado, al que revienta con una ametralladora a 10 cms de distancia. Un sacado. Triunfa y se vuelve al rancho, a gamba. Caída ya la noche, de las mismas entrañas que habíamos visto estallar previamente, sale nuestro condenado a muerte predilecto, en pelotas y a los gritos. Sí. Guau. A partir de acá la trama se divide en dos maravillosas fábulas. Por un lado la desopilante “John Connor y el General Sorete”, que narra las desventuras de nuestro querido héroe para evitar que su alopécico superior reduzca a minúsculos restos humeantes a los miles de prisioneros de los maleantes mecánicos; con la actuación especial de Bryce Dallas Howard como Kate Connor, y un ruido blanco flashero en el papel de La frecuencia que te para en seco cualquier máquina que se acerque. Debo aclarar que el calvo general (Michael Ironside) no los quiere reventar de puro gusto nomás, sino que, mejor dicho, le cierran 1000 o 2000 muertos con tal de destruir a las traicioneras máquinas. Por el otro, “El condenado, el niño de cobre, la negrita de pocas palabras y la rebelde que se parte al medio”, también conocida como “Ay ay ay ¿eso es sangre o bardahl?”, con la participación especial de Jane Alexander como la Vieja raptada en medio de una oración y Roberto, la animación computarizada, como el Robot gigantesco que hace un ruido infernal con las patas, excepto cuando llega a algún lado, para que el público se sorprenda cuando aparece. Aquí, el deadmanwalking se hace amigo del papá de John Connor (adolescente aún) y una negrita que no habla, hasta que un grupo de máquinas atrapa a las jóvenes promesas y se los lleva para la cucha. Nuestro ejecutado protagonista conoce entonces a una rebelde (altamente manoseable), que entre uno que otro histeriqueo y un coreografiado pugilato con 4 pandilleros locos, se enamora de él y lo lleva a la guarida de John Connor. Ya en la entrada del refugio rebelde, al resucitadito se le pegan unas minas magnéticas a las gambas y le revientan medio cuerpo. En fin ¿que nos dice esto? El ex convicto es ahora un robot que ignora serlo, oh impresionante giro, oh deslumbrante as en la manga. La rebelde hot lo ayuda a escapar, porque el resto le quiere pegar una buena biava. Connor lo alcanza, y cuando lo tiene ahí, ahí mismo, decide dejarlo libre para que lo ayude a liberar a su futuro padre (dato que maneja gracias a un par de cassettes que su madre le ha dejado, presumimos, para quemarle el coco forever). Momentos finales: Skynet hace cagar al pelado y el resto de la cúpula rebelde rastreando la frecuencia que los humanos usaban para frenar a los robots. Connor y el humano-robot llegan a la central de Skynet, pelean con Shwarzenegger, liberan al papá de Connor, escapan y hacen volar a la mierda las instalaciones de la mafia electromecánica. Pero, pero, JC recibe una herida zarpada en el pecho, y ya está viendo a la mismísima Parca en calzoncillos. El robot-humano le regala entonces su corazón, salvando a Connor, la humanidad, su honor y, sobre todo, a la franquicia, en un solo gesto de altruismo lacrimógeno. Reflexión última de JC (en el post operatorio): “Lo que diferencia a un hombre de una máquina es que lo fuerte que late su corazón”. Plano final, títulos, y a la bolsa. Grupo de guionistas chocan porrones y encienden una enorme pipa de crack, mientras buscan el número de alguna puta vip recomendada. McG, mientras tanto, se limpia el culo con un billete de U$S 100, y se pide una grande con tutti a La Continental, que, como todos sabemos, es un signo inequívoco de status y ausencia total de principios morales. Faltan nomás Coscia y Maharbitz para completar el álbum de figuritas, canjeable por un jugoso crédito para filmar “Pan Triste vs. Terminator”, y gastar un poco más de plata en metros de película al pedo...
Robert Downey Jr. es un grosso. Sí, el tipo le dio a la pala como loco, pero es un grosso igual. Usted ya lo sabe: los excesos faloperos no hacen a un tipo ni mejor ni peor, a menos que se transforme en un ex-adicto, con lo cual se convierte automáticamente en un humano notable y está habilitado para dar notas por ahí diciendo frases del orden de: "yo estaba perdido", "gracias a Dios pude salir, pero muchos no", "perdí muchos amigos", "chicos no se droguen", y demás lugares comunes del drogón reformado con ínfulas de mesías sanitario. Pero no Robert, no. En mi fuero íntimo sospecho que es porque cada tanto se pega un saque, y está bien. Un solo drogón talentoso vale por mil licenciados en administración de empresas rebosantes de buena salud y moral cristiana. Y dicho sea de paso ¿cuándo será el glorioso día que aparezcan estudiantes de semejante carrera, ya reformados y reinsertados socialmente, para dar entrevistas y así evitar que los jóvenes se metan a estudiar gansadas? Porque vamos, es abrumador, el paco y la UADE destruyen cerebros en ambos extremos del espectro social.
En fin, volvamos a Robert. Robert, Robert, billetera mata galán. Lo sabés. Intuyo que por eso tenés el protagónico en la empanada monumental que me morfé desprevenidamente, engatusado vilmente, engañado por tu nombre en los títulos, maldita sea. Ingresé como un equino al edulcorado universo de Iron Man, trama de madurez y pseudopacifismo, all-in-one. Nuestro amigo Robert hace de un multimillonario excéntrico, mujeriego y cínico, que luego de ser raptado por un grupete de afganos decide dar un rumbo nuevo a su compañía, proovedora de armas de última generación al ejército yanki, al ver el uso que se le da a sus productos cuando caen en las manos equivocadas (musulmanas, por cierto). Porque, verá usted, un arma en manos de un soldado de Winsconsin hace justicia, en manos de un afgano hace cagadas. Y así Iron Man (millonario en armadura robótica armada en una semana, con 3 destornilladores, un alambre de fardo, varias piecitas nucleares, y mucho, pero mucho, hierro, en una cueva roñosa del culo mismo de Oriente Medio), luego de lograr su escape, comienza a hacer visitas al mencionado país para surtir culos islámicos y proteger a los pobres civiles que sufren las vejaciones del pintoresco grupo de barbudos. Chupate esa mandarina Superman, este pibe no te faja al punga común y corriente, si no que te resuelve batallas contra regímenes basados en un inglés con acento raro, impresionante. Un héroe del nuevo milenio, carajo, eso hace falta para terminar con el terrorismo. Pero, siempre hay un pero, nuestro amigo descubre una amarga verdad: su hombre de confianza, el que le dirige la compañía, Jeff Bridges, digamosló de una vez -para desazón de todo aquel que lo supo ver como Lebowski o Jack Lucas-, es el que hizo que los afganos lo raptaran, y ahora, encima, está fabricando una versión mejorada del Iron Man, a partir de un reactor en miniatura que nuestro héroe construyó con 5 escarbadientes y un sacacorchos (para alimentar un imán que impide que se le metan esquirlas en el bobo) en aquellos días de cautiverio. Final de rigor: enfrentamiento de los 2 Iron Man, uno a cargo del multimillonario con el bypass radioactivo, el otro manejado por el malvado traidor, afgan-lover, pelado de barba garca. Si usted supone ese final que está suponiendo, acertó. Hay que hacer la secuela, chei. Les sugiero a los productores un combo de villanos compuesto por norcoreanos en pelotas y un alto oficial del ejército yanki, que traiciona a su país por un diamante del tamaño de un testículo de toro. Éxito a se gu ra do.
Posible adaptación argenta: Iron Man es el refuerzo estrella de la flamante policía macrista, liberando finalmente el Puente Pueyrredón, y proveyendo a Caritas de carne de piquetero. Epílogo: Iron Man es elegido intendente de Escobar.
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